Muchas veces me he preguntado sobre la muerte, y no sobre los vagos conceptos de lo que está bien y lo que está mal, sino de la sensación que produce el ‘matar’ a alguien. A veces la simple idea me paraliza, pero en otras la simple idea me da placer, así como vemos en películas la sangre esparciéndose por una daga desenvainada, y un cuerpo cayendo sobre el piso, tras alaridos indescriptibles que fusionan el odio, la dicha, el miedo y el inicio de una nueva etapa. Sin embargo la vida no es una película y los hechos ficticios se alejan de la realidad, mientras que la obra de Capote es sin lugar a dudas una ventana que nos acerca, si no es totalmente, a la realidad utópica que conocemos.
A través de la película, he podido sentir el miedo a través de los ojos de Perry y Dick (los asesinos de la historia), al punto que uno termina por experimentar los instintos que los llevaron a asesinar a una familia. Con la visión nublada, el ser humano tiende a intentar protegerse y ante la sensación de inseguridad y la necesidad de escuchar a la conciencia, puede provocar en nosotros el perder por un momento el sentido. Lo que provoca que nuestros impulsos más humanos salgan a la luz. En las últimas escenas que es en dónde finalmente Perry narra los acontecimientos, y el espectador queda a anonadado por su relato, el quería en cierta forma salvar a las personas, dejarlas vivas, pero algo dentro de sí lo hizo perder el sentido de la realidad y desencadenó sus acciones. Es por esta razón, que la película transmite una realidad lejana pero sentimos con total claridad la confusión de sensaciones que hacen a Perry cometer el asesinato.
Por otro lado, leyendo un poco sobre “Cómo se escribió ‘A sangre fría’” uno se da cuenta que los hechos trascienden y que esa experiencia puede ser más que un simple relato sino que un verdadero asesino, en el tiempo el hecho quedó grabado lo que provocó que se encontraran los cuerpos y que se capturaran a los homicidas, más tarde ellos fueron colgados, y finalmente, el autor de ‘A sangre fría’ tras todo el trastorno que le dejó la impotencia de no haber podido salvar a sus amigos.